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Hölderin no estaba loco
por José Ignacio Eguizábal
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El viajero que acude a Tubinga buscando la torre junto al Neckar en la que Hölderlin vivió recluido los últimos treinta y seis años de su vida, se encuentra con un curioso grafito escrito en la pared y en agreste dialecto suabio: Der Hölderlin isch et verruckt gwa. “Hölderlin no estaba loco”. ¿Posee esa frase –parafraseando a Hegel- siquiera un momento de verdad? Tal vez, quizá el que ha recorrido, por un instante, el corazón de los lectores del malogrado poeta. Nos gustaría pensar que no, que realmente no estaba loco, que todo fue una inteligente estratagema para eludir las complicaciones del complot de su amigo Sinclair contra el duque de Wurtemberg. Apagada esa chispa llega otra tan fugaz pero de distinto signo: nos gustaría ver a Hölderlin como el poeta genial sometido por el Poder, por el Sistema gigantesco. Después, desarmados de nuevo, recurrimos a la piadosa imagen romántica (Hellingrath ): el poeta fue señalado por la locura como signo de su valía sobrehumana, un don más que hay que saber leer y que fue añadido al de su inspiración, el precio de la inspiración tal vez. Nuestra melancolía, por fin, se queda sin fundamento: Hölderlin estaba loco. Hölderlin estaba enfermo. Cualquier lectura sobre su demencia ha de asentarse sobre el suelo firme de la enfermedad mental o sin eludirlo. Es la ciencia –aunque en este caso sea una disciplina tan especial como la Psiquiatría y en una vertiente tan poco desarrollada todavía como la Neurología –la que debe decir la primera palabra. Pero la ciencia, más buscada que real en esta cuestión, no agota la realidad ni aquí ni en ninguna otra parte. Si observamos la obra y la vida del poeta podemos comprobar como pronto fue adquiriendo conciencia de su enfermedad, como presintió su desenlace fatal y como, heroicamente, lo aceptó.
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Con una siniestra aritmética, la grave enfermedad mental del poeta partió su larga vida en dos. Nacido en 1770 hubo de ser internado en la clínica de Tubinga en 1806 y falleció en 1843 en la torre de la casa del ebanista Zimmer –gran admirador de Hiperión- a donde fue llevado por la familia en los primeros meses de 1807. La sentencia de Breton: “A veces, la poesía se ríe de la salud mental del poeta”, es válida para el periodo 1800-1804; el de los grandes himnos. Una vez en la torre Hölderlin siguió escribiendo (Moricke, uno de sus primeros biógrafos cuenta que sacaba escritos de su cuarto a capazos) pero sus facultades mentales estaban ya gravemente perturbadas. No llegan al medio centenar los poemas conservados de ese periodo y 67 cartas. Excepto uno escrito muy tempranamente y que no puede compararse con ninguna de sus elegías[1], el resto no hubiesen sido estudiados sino supiéramos su procedencia y sus especiales circunstancias de composición.[2] |
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La cuestión se ve más claramente en las cartas. Doce años después de su internamiento escribe la primera carta a su madre a instancias de Zimmer. No es exagerado señalar que esas cartas no tienen alma aunque algunas de ellas ofrezcan datos interesantes para la Psiquiatría[3]. Si se leen después de la magnífica y abundante correspondencia que nos queda de antes del encierro la cesura es evidente y radical. ……………….. Aunque el primer descalabro serio en su salud mental se produjo en 1795 en Jena, desde sus primeras cartas en el periodo de Maulbrum (1786-88) poseemos evidencias de una sensibilidad extremadamente afectable, grandísimos altibajos anímicos; escupe sangre y padece frecuentes e intensos dolores de cabeza[4]. Hölderlin sale del Stift de Tubinga en septiembre de 1793. Desde 1791, como se sabe, convivió con Hegel y Schelling. El poeta consiguió un puesto de preceptor en Waltershausen por mediación de Schiller. Se incorpora a su trabajo el 30 de diciembre de 1793. Se trata de ocuparse del hijo de Charlotte von Kalb, una mujer de cultura elevada y sensibilidad poética muy notable. Los problemas aparecen a los diez meses. La reacción del poeta ante la conducta masturbatoria del niño es violenta y obsesiva. Lo refleja en sus cartas: “…la total imposibilidad de actuar verdaderamente sobre el niño y de ayudarle de algún modo afectó tremendamente a mi salud y a mi ánimo. La angustiosa vigilia nocturna destrozó mi cabeza…”[5] . Fritz, su tutorado, tenía 9 años. Un mes antes, Charlotte que ya había comentado la excesiva dureza con la que el preceptor había reaccionado, escribía a Schiller : “su susceptibilidad es ilimitada –y creemos realmente que un desorden del entendimiento se encuentra en la base de esa conducta-[6]”. Desgraciadamente, la intuición de la dueña de la casa estaba en lo cierto. Hölderlin se traslada a Jena a instancias de la Sra. Von Kalb con su pupilo. Las relaciones de la Sra. son decisivas para que el poeta contacte con los grandes hombres: Goethe especialmente. Hölderlin insiste, pese a las indicaciones en contra de Charlotte en abandonar su trabajo y, extrañamente, a finales de mayo de 1795 abandona bruscamente Jena.[7] Poseemos un testimonio trascendental para calibrar la situación mental de Hölderlin entonces. Magenau, uno de sus amigos más fieles en Tubinga se encontró con el poeta entonces y cuenta unos meses después: “Hablé con Hölderlin en casa de mis padres el año pasado, o mejor dicho, lo vi, pues ya no era capaz de hablar, había muerto a todo sentimiento hacia sus semejantes, era un muerto viviente. Contó muchas fantasías de un viaje a Roma …”.[8] Así pues, Hölderlin padeció un brote psicótico. Mientras tanto ha publicado en la Thalía de Schiller un esbozo de su Hiperión y trabaja en la primera parte de la obra. Por eso cobran sentido textos como este: “¡La divinidad que entonces se me apareció la he protegido reverente, la he llevado en mi como un talismán¡.Y si a partir de ahora el destino me atrapa y me lanza de un abismo a otro y ahoga en mi toda fuerza y todo pensamiento, que esto solo sobreviva en mí mismo y luzca en mi y reine con una claridad eterna e indescriptible…”[9] Repuesto de ese verano trágico en casa de su madre en Nürtingen, Hölderlin busca otro puesto de preceptor. Lo consigue a través de Ebel y marcará el periodo más feliz y equilibrado de la vida del poeta tras la salida del Stift: Frankfurt, en casa de la familia de Jacob Gontard. Desde 1976 a finales de 1798. Allí conocerá a Susette, la esposa de Jacob, una hermosa joven de exquisita sensibilidad que corresponde al amor del poeta. Será la Diótima de la segunda parte de Hiperión. La tormenta psíquica y el posterior periodo depresivo en Nurtingen han pasado. El mismo Hölderlin certifica la situación en carta a su amigo Hegel el 20 de noviembre de 1796: “Es una suerte que los espíritus infernales que llevé de Franconia y los espíritus del aire de alas metafísicas que me acompañan desde Jena, me hayan abandonado desde que estoy en Frankfurt.”[10] Aunque la situación era potencialmente explosiva. Y más teniendo en cuenta la hipersensibilidad y susceptibilidad del poeta. El 10 de enero de 1798 se manifiestan de nuevo los problemas en sus cartas: “...me resentí poderosamente de dolores de cabeza de origen nervioso”. (carta 153, a la madre) Hölderlin abandona la casa Gontard a finales de septiembre de ese año. Un mes antes, escribiendo a su amigo Neuffer asume su enfermedad como Amor Fati: “Si alguna vez el destino, al que amo incluso en la desgracia...” (carta 163) Los meses siguientes no fueron fáciles: se intensifican los dolores de cabeza, el aturdimiento, los pasajes depresivos. Sin embargo, en la casa Gontard no solo finalizó la segunda parte de Hiperión sino que escribió a mediados de 1797 un plan detallado para Empédocles, su tragedia inconclusa. La primera versión de la tragedia la finaliza antes de terminar 1798. En 1799 escribirá las dos siguientes. Madura allí su entrega heroica al destino: “Porque tu alma estaba en mi (Oh luz celeste) y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.”[11]
La redacción de Empédocles se complementa con el proyecto de una revista: Iduna. El poeta quiere ser independiente económicamente trabajando a tiempo completo en la proyectada revista y para ello necesita un grupo de selectos colaboradores. Piensa en Schiller, Goethe…que le ignoran. Al final solo puede contar, entre los reconocidos, con Schelling y con A. Schlegel. El editor no acepta esas ausencias y el proyecto no se realiza. La decepción de Hölderlin fue grave. Significaba de primeras que necesitaría otros preceptorados…o la vicaría[12]. La salud se sigue deteriorando y siente la amenaza:
“…..que no ponga fin la Parca demasiado pronto al sueño¡”[13]
El tiempo, sin embargo, corría ya muy deprisa para el poeta que siente los golpes:
“…cuando ya la nube nos obliga a inclinar la cabeza y hace tiempo que una tormenta divina ronda sobre nuestra cabeza.”[14]
El año 1799 presagia lo peor. A Schiller le cuenta[15] en septiembre que ha pasado el invierno incapacitado y parte del verano también. A su hermana le precisaba en julio que no era una enfermedad común: “eso era lo que me hacía desagradable la enfermedad, el que estuviera tan relacionada con el espíritu como para que el menor pensamiento desagradable me la volviera a provocar de repente y que entonces a su vez ella me debilitara la cabeza y me incapacitara.”[16] Y le precisa aun más en noviembre: “…a veces tengo una cabeza tan lenta, que en ocasiones dedico días y semanas a cosas que los demás hacen con mucha más rapidez.” (carta 200) En 1800 abandona sin concluir la tragedia sobre Empédocles. Es el momento en el que comienza la redacción de los grandes himnos; su tarea ensayística se condensa y se engrandece (y también empieza a ser “tocada” por deslizamientos del lenguaje, repeticiones innecesarias…). Es el momento en el que Hölderlin intuye con una claridad y profundidad inusitada, la poesía que debe realizar. Pero su mente ha comenzado a descender al abismo.[17] Posiblemente escribe ahora El Archipélago, un poema majestuoso, inmenso. Allí, en versos sublimes, reconoce de nuevo su condición:
“(…) pues muy a menudo, bajo las estrellas, el extravío como un hálito enloquecedor apresa mi corazón, y no sé a donde dirigirme…” y “(…)…pero tu, dios marino, Inmortal, aunque los cantos de los griegos ya no te celebren, hazme oír a menudo tus acordes, y que mi espíritu intrépido, se ejercite como el nadador, en las aguas de la felicidad audaz de los fuertes y aprenda a comprender el lenguaje de los dioses, el canto de lo que cambia y pasa; y si el Tiempo que se lo lleva todo con su marcha imperiosa, sacude cruelmente mi cabeza, y si la angustia y el desvarío de los mortales estremece hasta el cimiento de mi vida mortal, ¡déjame soñar con la paz de tus profundidades¡”[18]
El mismo tono lo comprobamos en Las quejas de Menón por Diótima:
“5 (…) …un cruel maleficio hiela y tensa mi cuerpo, y mis proyectos destruye. Y paso los días inmóvil, estúpidamente, mudo como un niño demasiado pequeño todavía, sin habla, salvo mi llanto que se escapa a veces de mis ojos.. (…) Vacío y mudo, el cielo no es ya sino una prisión que aplasta mi mente con su agobiante peso…”
y la aceptación heroica, trágica , alegre y fiel a la Vida:
“ 9 (…) Así pues, ¡oh celestiales¡ quiero daos las gracias ¡Sí, quiero la vida¡”[19]
Era evidente que la salud mental del poeta no podía soportar ya más trabajos de preceptor. Pero Hölderlin necesitaba dinero y no quería ser vicario, el destino que le había asignado su madre. Consigue un puesto en Hauptweil en casa del comerciante Anton von Gozenbach. Sale de Stuttgart “escoltado” por sus amigos hasta Tubinga. Llega a casa de los Gozenbach a finales de enero de 1801. Al contrario que Jacob Gontard cuyo lema era Les affaires avant tout , Anton von Gozenbach era un hombre de cultura con sobresalientes dotes musicales. Las condiciones objetivas, por tanto, no podían ser mejores para el poeta. Debía educar a dos de las hijas menores (de 14 y 13 años) del comerciante. Pero apenas dura más de dos meses en su puesto. Es despedido el 11 de abril. Las formas de Gozenbach fueron exquisitas: alegó motivos familiares pero la verdad era las depresiones de Hölderlin. En marzo había escrito a su amigo Landauer: “…desde hace un par de semanas, siento bastante agitación en mi cabeza.” (carta 230) Regresa como siempre a Nürtingen, a casa de su madre. De manera increíble, pocos meses después, intenta otro puesto –que será el último- de preceptor. En diciembre escribe a su malogrado amigo Bölendorf, una célebre carta donde el abismo está ya presente:”…ahora temo que al final me ocurra lo que al antiguo Täntalo, que estuvo más cerca de los dioses de lo que podía soportar.”[20] Este modo con el que el poeta siente su enfermedad podría corroborar la hipótesis de Jaspers[21]: fue necesaria la locura para que Hölderlin accediese a niveles que de otro modo hubiesen permanecido inaccesibles. Aunque nada se opone a la consideración contraria: inspiración sublime, manifestación de lo sagrado discurrieron paralelamente al progresivo deterioro mental del poeta. Paralelas pero independientes. El 10 de diciembre de 1801, Hölderlin emprende viaje a Burdeos. El viaje final. Detenido 14 días en Estrasburgo en calidad de extranjero sospechoso, alcanza su meta mes y medio más tarde. Gran parte del viaje lo realizó a pie. Las condiciones debieron ser horribles.[22] El 28 de enero de 1802 ya escribe a su madre desde su nuevo trabajo. Esta vez le requiere D. C. Meyer, un tratante de vino hamburgués en Burdeos. El puesto le dura dos meses. Y al igual que en Hauptweil, los informes de despedida son excelentes…pero lo despide.El 7 de junio se encuentra de nuevo en Estrasburgo después de un viaje de retorno durante el que se acentúan los síntomas de la demencia. Llega a Stuttgart [23] ya en condiciones de extrema gravedad y se entera por su amigo Sinclair de que su amada Susette Gontard había muerto el 22 de junio víctima de la tuberculosis. Regresa a casa de su madre a donde previamente había hecho enviar sus maletas. Contenían las cartas de Susette que su madre lee. Llegado el poeta, ante los comentarios de su madre sobre la inconveniencia y aun gravedad de esa relación, cae preso de un ataque de locura rabiosa y echa a su madre de casa. La relación con su madre a partir de este momento se interrumpe bruscamente. No se restablecerá hasta que 12 años después, en la torre de Tubinga y a instancias de Zimmer, reanude el modo epistolar con ella. Si bien, naturalmente, desposeído de sus facultades. En noviembre de 1802 redacta la otra célebre carta a Böhlendorff donde ya ha puesto un pie definitivamente en el caballo brutal de la demencia que venía persiguiéndolo desde hacía tanto tiempo; pero el poeta lo sabe: “El violento elemento, el fuego del cielo y la quietud de los hombres, su vida en la naturaleza y su limitación y satisfacción, me han conmovido constantemente, y si hablara imitando a los héroes podría decir sin duda que Apolo me ha vencido.[24]” Este es el testimonio del poeta que poco a poco se va internando en un viaje sin retorno a través del desierto de la demencia[25]. En este tiempo escribirá unos poemas editados cuatro años más tarde como Cantos de la noche (1806), un proyecto incompleto. Constatamos de una parte, la conciencia clara de su hundimiento y de otra la asunción heroica del mismo, su abrazo alegre a la vida. Una alegría depurada por el inmenso dolor, por la desgracia. Sin rastro de inconsciencia, de engaño. Inocente:
“Oh esperanza (…) ¿Dónde estás? Poco he vivido, más ya alienta fría mi noche (…) Privado ya de cánticos se adormece en mi pecho el corazón estremecido[26]” La lucidez frente al peligro inevitable es también la asunción alegre del destino que se sabe trágico: “ (…) ¡entra¡ pues, genio mío, desnudo en la vida y no te preocupes de nada¡ Lo que ocurra, ¡Todo sea en buena hora¡ Armonízate con la alegría, pues, ¿qué podría afrentarte, corazón, qué podría sucederte allí donde debes ir?[27]”
Avanzó hacia su destino con la decisión de los héroes a los que cantó, sintiendo en su corazón el frío espantoso de la demencia pero abandonándose, feliz, a la vida que le había decretado un encierro demasiado cruel y el apagamiento prácticamente total de su espíritu.
[1] Es el poema 14 de la edición castellana de Poemas de la locura , edición de Txaro Santoro y José María Alvarez ed. Peralta, Pamplona 1978; titulado Wenn aus der ferne…, una oda alcaica. Probablemente escrito en los primeros tiempos de la locura. Una excepción incluso métrica respecto al resto. [2] Sabemos que una parte de los poemas escritos en la torre proceden de la improvisación. Cuando alguien visitaba al poeta solía pedirle un poema a lo que Hölderlin respondía: “Lo que vuestra Majestad desee…¿he de escribir sobre Grecia, sobre la Primavera o sobre el Espíritu del Tiempo?” en Poemas de la Locura, op. cit. pg. 147 [3] La inmensa mayoría de las cartas conservadas del periodo de la locura (todas menos 7), están dirigidas a su madre. La relación del poeta con su madre fue medular en su desarrollo psíquico. Murió en 1828 cuando su hijo llevaba más de 20 años recluido. Nunca lo visitó aunque no vivía a más de dos horas de distancia de Tubinga. Hubo entre ellos un gravísimo asunto siempre pendiente y siempre presidiéndolo todo ya desde los años del Stift: la herencia que el padre de Hólderlin dejó a este al morir. Le hubiera permitido realizar su sueño de dedicarse a la literatura y estudiar derecho. Hubiera limado bastante muchas de las circunstancias ariscas que fueron mermando su psiquismo y precipitando el desarrollo de su enfermedad. Su madre nunca le dio ese dinero que guardaba celosamente salvo minucias en escasísimas y siempre señaladas ocasiones que constan en su libro de cuentas . No es de extrañar que a la muerte del poeta en 1843 los intereses acumulados hubiesen aumentado en mucho la ya interesante cantidad inicial. [4] “…puedo llorar por cualquier cosa (…) pero además, al lado de esto, también tengo una predisposición a la rudeza que me hace caer a menudo en una repentina cólera sin saber porqué y arremeter contra mi hermano solo con haber percibido la sombra de una ofensa.” Carta 4 a Nast enero de 1787, en Correspondencia Completa, versión e introducción de Helena Cortés y Arturo Leyte, ediciones Hiperion, Madrid 1990. Para la sangre y los dolores de cabeza: cartas 14 y 16 a Nast. [5] Carta 92, a la madre, 16 de enero de 1795, en Correspondencia Completa, op. cit. [6] En Laplanche J., Hölderlin et la question du père-, versión de V. Fischman, ed. Corregidor, Buenos Aires, 1975. pg. 41. A propósito del libro de Laplanche, Foucault publicó un texto sobre Hölderlin en 1962: ( Le “non” du père, editado en 1994 por Gallimard, Paris junto con otros textos como Dits et écrits. Hay versión española de Isidro Herrera en Paidós, Barcelona 1996 como De lenguaje y literatura) Melanie Klein y Lacan le sirven para explicar la psicosis del poeta como la falta del padre que es quien fundamentaría el lenguaje afirmando la ley.(Hölderlin perdió a su padre a los 2 años. Su madre se casó de nuevo y su padrastro –con el que mantuvo unas excelentes relaciones- murió cuando el poeta contaba 9 años). Me temo que el psicoanálisis ha resultado insuficiente aunque pueda tener interés para resolver la cuestión de la psicosis. Foucault critica a Jaspers que quiere manifestar sobre Hölderlin y su locura un discurso único. El filósofo estructuralista sostiene naturalmente, que Razón y Sinrazón son dos compartimentos estancos y que es imposible unirlos; así que locura y obra deben permanecer siempre separadas como una especie de significantes constitutivos. Por eso considera a Empédocles una obra fallida que no puede superar el Límite de la finitud, lo que es más que dudoso. Y, a partir de ahí, al lenguaje como “la región de los signos que no apuntan hacia nada”. De sobra está decir que anula completamente la obra entera de Hölderlin y no es porque la malentienda ( no se molesta en interpretarla y se conforma con citar el célebre Ein Zeichen sind wie, deuntunglos de Mnemosyne para hacer del deuntunglos un “sin significado” cuando verterlo por “indescifrado” se aproxima más a un intento de interpretación) es que con la artimaña de la Sinrazón y la Locura lanza al lenguaje del poeta y a cualquier otro al fondo de la finitud y de la muerte de Dios. [7] Falta en este cuadro la más que probable relación sentimental del poeta con Willermine Marianne Kirms , dama de compañía de la Sra. , viuda y muy culta. Parece probable que quedó embarazada del poeta y dio a luz una niña que murió a los pocos meses. Hölderlin pudo enterarse del desenlace fatal en Jena. [8] En Correspondencia Completa, op. cit, pg. 264. [9] Hiperión, versión de Jesús Munárriz, Madrid, libro I, pg. 78 [10] Carta 128 en Correspondencia Completa, op. cit. pg. 311. [11] Para estos versos hemos usado la versión de Feliu Formosa en Empédocles, ed. Labor, 1973, pg. 21 y la de Luis Echávarri. Estos versos los usó A. Camus para encabezar El hombre rebelde, en ed. Losada, 1978, 9ª ed.; de ahí la versión de Echávarri. Pertenecen los versos a la primera versión de la tragedia. [12] Puede leerse la correspondencia entre Hölderlin y su madre como la lucha sorda entre las pretensiones de ella de que aceptara un puesto de vicario y la vocación del poeta de ser escritor e independiente. [13] de Mi Propiedad, (Mein Eigentum) en Odas, traducción y notas de Txaro Txantoro, ed. Hiperión, Madrid, 2005, 2ª ed. [14] En Desde su silenciosa morada envían…, (Aus stillem Hausse senden…) en Odas, op. cit. [15] Carta 194, en Correspondencia Completa, op. cit. [16] Carta 188, en Correspondencia completa, op. cit. [17] Creo que es razonable la observación de S. Zweig sobre la parte final de Patmos donde aparecen señales de su inestabilidad mental en forma de reiteraciones, falta de vigor…( En Der Kampf mit dem damon, 1925, versión española de J. Verdaguer, 1967, Barcelona, ediciones G.P.) .No creo justa una división neta entre un Hölderlin poeta que se mantiene íntegro en su producción poética entre 1800 y 1804 y uno ensayista que muestra señales inequívocas de enfermedad a partir de 1800. [18] Hemos elegido la versión de Federico Gorbea en Poesía Completa, tomo II, ediciones 29, Barcelona, 1978 [19] Seguimos con la misma versión. [20] Carta 236, en Correspondencia Completa, op. cit. [21] Stringberg und van Gogh, versión española de Agustín Caballero como Genio y Locura, ed. Aguilar, 3ª ed. 1961. [22] Una versión novelada pero fundada en datos reales de este viaje así como de la vida del poeta puede verse en Hartling P. : Hölderlin, versión española de T. Kauf, ed. Montesinos, Barcelona 1986. [23] S. Zweig (op. cit. pg. 126) lo cuenta así: “Se sabe que un día, en casa de Mathison, en Stuttgart, entró un hombre pálido como un cadáver, flaquísimo, con los ojos apagados, enmarañada y salvaje cabellera, luengas barbas y traje de mendigo. Y como Mathison retrocediera espantado, el extranjero con voz apagada, dijo su propio nombre: “Hölderlin””. [24] Carta 240 en Correspondencia Completa, op. cit. [25] En junio de 1803, Hölderlin visitó a Schelling en Nurrhardat poco antes del matrimonio del filósofo con Carolina Schlegel. Schelling escribió dos meses después: “Sus facultades mentales están totalmente arruinadas (…) tiene una ausencia de ánimo completa. Su aspecto exterior repugna de puro abandono (…)Sus modales son los de un perturbado (…) siempre está callado y absorto”. En Jaspers, op. cit. pg. 6. Aunque las versiones de Antígona y Edipo aparecen en 1804 conviene señalar la opinión de Anacleto Ferrer que considera que probablemente fueron escritas entre 1800 y 1801. [26] En A la esperanza,(An die Hoffnung) Odas, op. cit.
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